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Carlos Santibáñez Andonegui

 

 

 

 

México, D.F.

 

 

 
     
 

3.Ene.16

 

 
La letra vuelve 

Ángel Iveer, Anagrama para una noche de mentiras, San Luis Potosí, México, 2015. Reseña-prólogo, por Carlos Santibáñez Andonegui

 

 
 
Lo mejor de la letra es que regresa, en un mundo en que efectivamente, nada vuelve. Tal es la clave de todo anagrama. Entre los anagramas que hay aquí, el que lanza Ángel Iveer está abierto a quien lo descubra; es una gema, encuéntrenla pero daré una pista: la gema es interior, ese brillo del fuego que te dice no todo es mentira y no dudes que todo puede ser verdad. Más allá del juego de la letra en la palabra, se enciende el fuego de la palabra en la imaginación, lo que definitivamente, es la poesía. Un andar por el ciclo vital con la confianza de estar caminando. Una forma de inteligencia compleja que se recorre igual de izquierda a derecha o de derecha a izquierda; mientras “pasea por la casa, la mirada”. Hallar el anagrama es descifrar el anatema. Otearlo según la carta que le falte. Estar “presentes ante la osadía del reloj”. Quien obtiene este poder, alter ego del tiempo, conoce la felicidad aunque las circunstancias del entorno ejerzan presión. El colmo de la vida es su elegancia: “La corbata es una hora que se ajusta sin presentirlo”.
          Uno es uno y su anagrama, y si no lo descifra a él, no se salva a sí mismo. Entre el yo y su circunstancia se da el mismo juego que entre la realidad y el deseo. Ubicarse en el cruce es ser valiente: “alguna mentira comen las palomas”. Es enfrentar lo que puede ser y no es. “Ansiosos al espejo/somos posibles”. Extraño goce de quien tiene el poder y lo desprende de “infinitos de hoja en blanco”, es repartir aquella rebanada de luz que no se agota, con la mejor definición: “somos duda que pende en la sorpresa”. Porque la fe también es una duda. “En brevedad más oculta/ mi cuerpo es un grito ciego”.
          Junto a la perfección que nos dora con un sollozo, junto al Hamlet que llevamos dentro en tanto la hermosura de la vida es la que lentamente nos vuelve locos, “somos tentados a ignorarlo todo”, y un día nos vamos con el misterio que nos guarda, como nosotros a él, entre las sábanas.
          Dos filtros nos vertebran: el afuera y el adentro. Entre los dos, hay una danza: “Toda luz danza un embeleso incierto”; esa danza es entre brillos hirientes. Por eso bastaría “observar el ojo de la aguja”; y reconocerse en el centro, junto a la clave de todo anagrama, junto a la voz: “paradoja es la voz dentro”, porque reconocer se lee lo mismo de dentro hacia fuera que de fuera hacia dentro, es así que “los cuerpos se reconocen fuera de nosotros”. La clave está en reconocer. Reconocerse trae poder. Este poder refleja el claroscuro. En algún través del engrane cuántico que rige el universo, el juego de luz y sombra es quien da origen a la tecnología computarizada: la reducción de todo a juego de luz y sombra que permite captar el universo en forma binaria. Así comienza el milagro de la interconexión. Porque la interconexión es un milagro. No creo en el pesimismo absoluto ni en el optimismo total. La noche de mentiras que detecta Angel Iveer es el engaño del mundo actual, tan complejo y transparente, tan concreto y abstracto como el cristal, que deja ver, pero no entrar. Tan arduo como la computadora que une distancias y sin embargo, y lo decía el Vidente y hay que repetirlo ahora más que nunca: “Estamos tan cerca unos de otros que no tenemos necesidad de conocernos”. El objeto nos deletrea. Se vuelve el rey, nos pide cuentas, impone su firma como un caparazón más allá de lo humano. Su firma es la forma. Sabiamente señala Baudrillard que la forma se exterioriza en torno del objeto como un caparazón. Nuestra mano ya no trabaja, ante el “mouse” de la computadora, el esfuerzo es mínimo y el gesto de trabajo que como especie nos definía anteriormente, se substituye por el puro gesto de control. Por eso la especie camina hacia un absolutismo de la forma. El objeto, nos forma como un caparazón, nos abraza. La silla, el sillón, en sus nuevas formas que van teniendo y van saliendo a la venta, ya nos abrazan, nos sirven de cuna, el hombre moderno mece su tedio en un asiento que abraza las formas de su cuerpo y le sirve de cuna, dice el autor de Cultura y simulacro, y nosotros podemos ver que en el lenguaje nos ocurre algo muy parecido, las palabras van connotando nostalgias de valores, contenidos ya huecos por los que sin embargo nos dejamos abrazar, en un último intento por no salir tan mal librados de la experiencia de vivir este mundo, y a eso tiende una gran cantidad de literatura tradicional, narrativa que cumple la funcionalidad del relato, relato que cumple la funcionalidad del lenguaje como objeto: la eficacia se mide ya de la manija a la mano, pero la luz, en sí, tiende a disimularse para no estorbar el conjunto, que es perfecto y sombrío. ¿Y en esas condiciones, qué es la poesía? Es la clave que faltaba, el anagrama. Por supuesto, no quieren arriesgarle los editores. En el caso del libro de Angel Iveer, Anagrama para una noche de mentiras, hay que hacer mención que el libro no nace propiciado por un apoyo institucional de ningún tipo. El verdadero acto amoroso. Darse vuelo, tirarse al ruedo, “desde el faro extraño que se acerca”. Poeta es aquel que podrá no ser celebrado mientras viva, pero se irá con el orgullo de haberle hecho el amor a las palabras. Ante el acto amoroso no hay más acta que “asisto a tus pupilas”. La “escollera” es la imagen que mejor se adapta al dique entre el poeta y el mundo de hoy. Ante una “noche de viernes que avanza como una ola diminuta y encallada”, el poeta percibe el furor que vendrá, conoce la felicidad en el momento en que la poesía se entrega como un relámpago, es la felicidad que envidiarán muchos, el aplauso que la sociedad le niega el día de hoy, por inercia, porque tendría que entender el secreto y lo que es más, guardarlo, defenderlo, y la sociedad actual no está para lo uno ni lo otro, sino para perderse ante la luz que la ciega, porque los ojos son hoy “anónimos en su luz blanca”. En el tiempo limitado de esta existencia, lo que el poeta percibe es la escollera: “Eje líquido sobre la ventana desierta/ desde el faro extraño que se acerca/ y asemeja un osario de voces amansadas”. Como no siempre, como no todos están para entender la luz, la sombra se trepa a ésta y juega a la no verdad, lo que explica pero no justifica, la derrota de lo humano; la condena del mundo que al fin vencido por su circunstancia, se pierde, se aleja de quien no cae en el gris (que quita los pecados del mundo), porque en el vacío actual, generalizado, el mundo de los colores se opone al de los valores, “deletreamos el afecto en colores descompuestos”, al color lo manda el cálculo y ya no es el color lo que se busca, sino a lo más, el tono; ya todo es tenue, pero esto es disculpable: “¿Quién se anima a guardar secretos en una noche de mentiras?”

 

 

 

 

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