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Homero entre
las aguas
por Pablo Javier Deheza
Nadie se baña en el río
dos veces
porque todo cambia en
el río
y en el que se baña.
Heráclito de Éfeso
Homero Carvalho nos entrega en ésta su última novela, El Árbol de
los Recuerdos, un regalo de humanidad. Esta es una novela acerca de
la condición humana, la autenticidad, la sinceridad, los demonios y
los ángeles que nos habitan, la enfermedad, la amistad, la miseria
humana, la literatura, el café, la vida de café, la palabra, los
premios y las penas, la esperanza, la redención y la partida. Es una
novela, por sobre todas las cosas, honesta. Es una novela para
vernos, para encontrarnos en ella y está talentosamente muy bien
escrita. |
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Muchas cosas, muchos mundos, muchas voces, confluyen en
El Árbol de los Recuerdos. En sí, la figura misma del árbol de los
recuerdos de la novela indica el signo de la obra. Verídicamente la
novela es ese árbol en el cual se han colgado los recuerdo de Andrés
Caicedo y de Homero para que puedan de ese modo encontrar su
salvación de ataque del olvido; esa vorágine que lo devora todo. En
ese trayecto es en la literatura donde acabará obrándose la magia de
la salvación.
Un rasgo central para tener en cuenta al leer la novela
es el hecho de que se trata de una obra hecha desde la sinceridad.
Todo lo que está dicho en la novela es verdad; hasta las mentiras no
mienten y terminan revelando la verdad. Se trata de que más allá de
las palabras, más allá del estilo y de las formas, lo importante
reside en lo que está dicho. Por supuesto que las palabras y las
formas están bien cuidadas. Homero Carvalho nos entrega una obra
madura de un autor maduro en pleno despliegue de su sapiencia de
escritor. ¿Está demás decir que no hay página que no encierre algo
deslumbrante y placentero para quienes son amantes de las palabras?
El Árbol y el río
El Árbol de los Recuerdos conforma un delta en el derrotero
literario de Homero. No es casual esta figura. En la novela, Andrés
le explica a Homero que el pez del cuadro que pintó Romaneth Zárate
–el que es ahora la portada de la novela-, tiene sentido porque el
pez es agua y ellos vienen de los Reinos del Agua. El agua acompaña
desde hace mucho la obra de Homero y son muchos los ríos de la vida
se han juntado para dar lugar a éste árbol de palabras. Muchos hilos
de vivencias que necesariamente implican maduración y
transformación. A su vez, la obra misma se constituye en un río
literario del cual el lector emergerá siendo otro. El arte de la
novela boliviana también se verá transformada por El Árbol de los
Recuerdos. Pasa que Homero nos aporta en la misma con una mirada
sincera y necesaria al mundo de los literatos bolivianos, rescatando
del mismo esas hermosas complicidades y hermandades que ahí se
encuentran y se celebran, pero también nos muestra su hemisferio
oscuro, ese que está hecho de miserias, envidias y silencios.
El río de la palabra
El Árbol de los Recuerdos es una novela que está escrita
dentro de los cánones del Boom. La oración precisa, los tiempos
verbales sencillos y claros, puntuación disciplinada, espacio para
el juego lúdico y la salida poética e ideas bien expuestas. Homero
declara que la novela tiene también orígenes en la poesía
confesional iniciada por Robert Lowell y William De Witt Snogdrass,
luego continuada por Sylvia Plath. También existe en la novela
elementos que hacen a la dangerous writting o escritura
peligrosa de Tom Spanbauer. Bajo esta aproximación, el autor escribe
sobre temas que le causan miedo o vergüenza para poder explorar los
mismos y enfrentarlos; quedará la palabra escrita como un testimonio
inacabado y crudo acerca de sí mismo. Es esa aproximación a la
palabra la que ha de determinar una relación central entre lo que se
cuenta y lo que es. La palabra es verdad y El Árbol de los Recuerdos
es una novela de verdad.
En El Árbol de los Recuerdos la palabra es tratada con
un amor bondadoso y sereno. Eso le permite al autor tejer hermosos
giros poéticos y juegos con el lenguaje que acompañan al lector a lo
largo del relato. Homero transita con madurez entre las formas de la
precisión y las formas lúdicas sin caer en exageraciones y creando
un clima gentil para la verdad. Esa es la maestría del autor en una
exhibición de madurez con las palabras y también de sí mismo.
El aporte de El Árbol de los Recuerdos, en tanto
narrativa, pasa por su aproximación a la forma del relato, su
trabajo amable con la sintaxis y la honestidad puesta en la obra.
Nos presenta otra manera de encarar la novela que no es desde afuera
del autor, sino desde adentro de sí mismo; desde sus lugares más
vedados pero, por eso y a la vez, sus lugares más humanos. Esta
novela se sale de los cánones costumbristas y de los lugares comunes
para llevarnos en un viaje de palabras al interior del autor y, con
ello, al interior de nosotros y de nuestra sociedad.
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El río de la locura y los recuerdos
Homero indica que lo que lo motivó a escribir la novela
fue la condición humana, reflexionar acerca de las enfermedades
mentales, de la locura. A su vez y a través de la misma locura
Homero nos retrata una sociedad, nuestra sociedad, con sus carencias
y su necesidad urgente de terapia mental colectiva; una lobotomía
democrática y sobre la marcha para todos.
Andrés Caicedo le encomienda a Homero el rescate de sus recuerdos
por medio de su escritura; esos recuerdos que el olvido se los está
arrebatando. A partir de ese intento por rescatar la memoria del
olvido, de la disociación del ser, de la locura, es que Homero nos
presenta a la realidad en desfile ante nuestros ojos. El árbol es el
lugar donde, a partir de los recuerdos y las palabras, han de ser
invocados todos: la familia, los compañeros, los amigos, los
solidarios, las voces, los indiferentes, los miserables, los
envidiosos, los malaleches, los ruines, los locos, los etcétera.
Se nos aparece también la crueldad y la enfermedad de lo
socialmente normal. Andrés Caicedo es de lejos un ser mucho más
humano que muchos que vemos pasar en la novela. En una sociedad
demente como la nuestra, algunos tienen permisos ocasionales para
realizar actos que puedan afectar negativamente a otros y lo
llamamos locura; pero de muchos seres normales se espera que al
final del día hayan afectado negativamente a muchos otros seres y
llamamos a eso éxito. La indiferencia y las miserias no pertenecen
al mundo de la locura, pero son la moneda corriente del mundo;
constituyen su normalidad.
La esperanza es que existen seres como Andrés; la
esperanza es que aún queda lugar para la sinceridad y la solidaridad
con Andrés. Como lo dice el mismo Andrés en la novela: ¡Qué país!
Tener que recurrir a un loco para que explique, significa que no
estamos en una crisis política sino de conciencia nacional.
El río de las voces
Otras aguas que discurren a lo largo de la novela son las del mundo
literario boliviano. Por la novela se verá pasar a más de una
generación de escritores bolivianos; muchos con sus luces y que
aparecen con su nombre, muchos con sus sombras y cuyos nombres son
velados con un generoso silencio. El Árbol de los Recuerdos nos
presenta un retrato necesario del mundo literario boliviano. Muchos
creerán que las coincidencias son casuales: no lo son y dense por
aludidos. Era necesario que alguien cuente las cosas que Homero nos
relata en la novela. Nos hace bien nombrar esas cosas, verlas
escritas, verlas interpelarnos desde la página, nos hace bien
asumirlas porque solo así podremos trascenderlas. Nadie se baña dos
veces en el mismo río. Nadie que se sumerja en esta novela saldrá
igual.
La temática de la novela es un aporte a la narrativa
boliviana porque toca aspectos centrales de la experiencia humana
que no habían sido tocados en nuestra literatura. Milan Kundera dice
que la novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida
de la existencia es inmoral; el conocimiento es la única moral de la
novela. Entonces El Árbol de los Recuerdos es una novela
sobradamente justificada porque nos muestra lados de nosotros, de
nuestro país y su gente –especialmente la del mundo literario-, que
no habían sido mostrados antes y al hacerlo nos permite entendernos
y trabajar sobre nosotros mismos.
La condición humana
El Árbol de los Recuerdos es una novela donde no pasa nada pero pasa
todo y pasan todos; como nuestro país, o sea que no quedan dudas de
que se trata de una novela boliviana. Homero nos plantea reflexionar
sobre la condición humana a partir de muchas voces. Las voces del
mundo y también las voces interiores. La esquizofrenia está presente
en la novela, tanto como una condición del individuo, así como un
estigma entre la sociedad. Homero nos muestra que la esquizofrenia
es también parte de la experiencia humana; que la humanidad, la
sensibilidad y la belleza existen también en lo que funciona
diferente. A partir de sus diálogos con Andrés, el autor nos enseña
que la lucidez, la poesía, la fraternidad y la divina humanidad que
existen en el alma y la psiquis de cada uno siguen estando ahí, más
allá de los prejuicios y las taras sociales. El Árbol de los
Recuerdos es una afirmación de la vida, una celebración del
espíritu, un elogio de la amistad y una voz de esperanza. En un
mundo y un país que parecen salidos del otro lado del espejo, quizás
alguna voz interior eligió apropiadamente este título para Andrés y
Homero, y no por sus recuerdos, sino porque ambos dos son los únicos
que están re-cuerdos y esta novela es su árbol.
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