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CORTÁZAR SOBRE RUEDAS
“Lo fantástico parece que sólo es posible en la
tecnología”…
Mempo Giardinelli
Sucede de este modo: un día
casi como cualquier otro, y a partir de la Revolución
Industrial europea, la modernidad (ese término ambiguo que
ha obsesionado a la raza humana durante siglos) se convierte
en un elemento sospechoso, y en promotor de una probable
catástrofe futura. Las mujeres y los hombres de aquéllos
años, sorprendidos ante la vertiginosa avanzada de la
ciencia y la tecnología, descubren de pronto su
vulnerabilidad ante la precisión de la máquina. Un día los
seres humanos se levantan, somnolientos y fatigados, se
buscan en el reflejo triste del azogue, y reconocen,
vencidos, la limitación de su cuerpo, la fragilidad de la
carne. Entonces se horrorizan. La modernidad es vista por
ellos, y a partir del día aciago, como una amenaza
potencial. |
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Rondando la era victoriana, Mary Shelley, en su legendario
Frankestein, se dio a la tarea de regalarnos un Prometeo
contemporáneo, capaz de vencer el espantoso abismo de la Muerte. La
perturbadora obra de la escritora, bajo el disfraz de una historia de
terror, no deja de confrontar los riesgos ineludibles del desarrollo
científico, convirtiéndose en uno de los primeros libros que presagian
los peligros del progreso. Este libro, de una originalidad monstruosa
como sus propios personajes, no es, sin embargo, un hecho literario
aislado. Los escritores de la época, preocupados por la velocidad con la
que parecían vivirse los tiempos, se encargaron de plasmar en sus letras
la dimensión de sus dudas: Stevenson da vida a un personaje notable,
curiosamente cercano al género del horror, quien coincidentemente
también es un doctor que, en la búsqueda de un descubrimiento de
interés, se ve atrapado en su propia creación. Me refiero a El
extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hide, obra que sería tan del gusto
de aquel “ambiguo público victoriano”, como gustaba llamarlo Chesterton.
No mucho tiempo después, en Europa y Estados Unidos, aparecen historias
fantásticas con una aplicación científica notable. Cuenta de ello, dan
las novelas de Julio Verne De la tierra la Luna, Veinte mil
leguas de viaje submarino, La vuelta al mundo en ochenta días
(que por cierto Cortázar utilizaría, en un juego humorístico de
palabras, en su libro La vuelta al día en ochenta mundos), y
aquella novela nunca finalizada por el francés, donde describe un Paris
futuro, lleno de automóviles y transportes voladores. Cabe agregar,
aunque los ejemplos aún son vastos, la obra de un escritor más: H.G.
Wells, quien con sus libros de ciencia ficción La máquina del tiempo
y El hombre invisible –de nuevo otro científico en el proceso de
un gran descubrimiento- contribuye a consolidar el panorama propuesto. |
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Algunos años después, en 1931, Aldous
Houxley, un inglés sumamente inquieto por el futuro de la humanidad,
inaugura en su novela de corte profético (aunque no exenta de cierto
efecto alarmista), Un mundo feliz, la era gobernada por el
automóvil (siglo VI después de Ford, según la nomenclatura del autor).
Es en la novela de Huxley donde queda asentada, de manera extra-oficial,
la presencia del automóvil como metáfora de la mecanización del mundo en
las vidas humanas, y quizás como un resultado concreto de las
preocupaciones de los escritores que le precedieron. |
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Negar, en base a estos argumentos, la
tremenda influencia que sobre la literatura de los últimos siglos han
ejercido los objetos motorizados, seria además de inútil, necio. En
Latinoamérica, por ejemplo, los albores del siglo veinte inauguran una
vasta inquietud en los escritores jóvenes por acercarse a la modernidad
y sus peligros. Es el propio Rubén Darío, en su libro Los raros,
originalmente publicado en Buenos Aires, quien se encarga de retratar
una generación de jóvenes que se sienten marginados, confrontados como
los otros, seres endemoniados o locos cuya literatura no es sino
el resultado de “las consecuencias sociales de una modernidad que no les
ofrecía ningún espacio de sobrevivencia”. Según lo afirma Eduardo
Chirinos en uno de sus ensayos al respecto, en el libro mencionado se
puede ver “las tribulaciones de Darío frente al mercado, el utilitarismo
y la ciencia que amenazaban no sólo con destruir el escaso prestigio
social del que aún gozaban los poetas, sino con desterrarlos (esta vez
de manera definitiva) de la República y convertirlos en otros”.
En 1918, en México, José Juan Tablada escribe el poema “El automóvil en
México”, donde el poeta expresa su “fascinación y rechazo frente a los
logros de la modernidad”. En el texto citado, Tablada se encarga de
abordar el tema con una mezcla de humor y temor ante un objeto, casi
animado que, proveniente de la cultura norteamericana, llegaba para
instalarse en la cultura mexicana. Paralela a su desconfianza, el
escritor ofrece una “advertencia frente a los poderes de una modernidad”
que “a sus ojos” sólo podía ofrecer muerte y destrucción. Los años en
que Tablada escribe el poema, y en defensa de su visión nihilista al
respecto, son años de agitación internacional, donde dicho artefacto se
utilizó, como algo novedoso y como elemento de destrucción, durante la
Primera Guerra Mundial. |
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En un escenario mucho más contemporáneo,
Roberto Bolaño, el escritor chileno que los críticos y los lectores
actuales no se han cansado de alabar, se enrola en los Detectives
Salvajes, en compañía de Arturo Belano y Ulises Lima, en un viaje
irreverente y fresco hasta los peligros del desierto mexicano, en busca
de una poetisa en extravío. El elemento imprescindible de la historia,
por supuesto, como en cualquier “road movie” que se precie de
serlo, es un automóvil. |
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En Argentina, amén de las primeras
manifestaciones del tema durante la primera mitad del siglo XX, un
hombre cuyas principales preocupaciones fueron el fenómeno tiempo y la
propia contemporaneidad, el ingenioso cronopio de apellido
Cortázar, se dio a la tarea de reflejar en sus cuentos la importancia de
la tecnología en la vida de los años sesenta y setenta. Este ensayo,
breve y modesto, tiene como meta demostrar el influjo de los vehículos
sobre rueda en la visión y el pensamiento de Julio Cortázar, a través de
dos historias fundamentales en la obra del escritor argentino: La
noche boca arriba y La autopista del sur. |
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Adentrarnos a Cortázar, en
inicio, presupone internarnos en una mente brillante, llena de
especulaciones interesantísimas que lindan entre el rigor científico y
una mística con asombros infantiles. El autor de Rayuela muestra,
durante toda su obra, una repetición interminable de temas
fundamentales. Citando a Borges: “Un escritor cree hablar de muchas
cosas en su vida; pero lo que deja, si tiene suerte, es apenas una
imagen de sí mismo”. De la misma manera, Cortázar, en la vasta riqueza
de su literatura, coquetea frecuentemente con el sueño, su amenaza y
estructura absurda; la existencia de presencias terribles e
inexplicables (no fantasmas, sino presencias) que terminan por
obsesionar a los personajes de los cuentos; la posibilidad fantástica de
vivir una vida paralela en dos tiempos diferentes; la relevancia de un
nuevo espíritu latinoamericano en una época politizada y revolucionaria,
que el autor argentino decide asumir en la búsqueda de formas y
libertades literarias, lejos de un compromiso político-socialista burdo
y fácil; la fascinación que una Europa apacible despierta en un
extranjero; y la importancia de resaltar los elementos de la vida
moderna. |
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Es así como en La noche
boca arriba (un cuento cuya concepción se desprende de un accidente
automovilístico que el propio Cortázar sufriera en París) el principal
elemento, y eje conductor de la historia, es una motocicleta. En dicho
cuento, el personaje principal sufre un accidente un día soleado e
inverosímilmente apacible y sin transito; motivo que obliga a que lo
internen en un hospital, donde su estado es, en apariencia, estable y
absolutamente alejado de todo peligro. Sin embargo, una serie de
pesadillas y alucinaciones conducen al protagonista a un estado de
vigilia donde se mira a si mismo como un guerrero en el México
prehispánico, quien huye y se esconde de las poderosas huestes aztecas
–son aztecas, aunque nunca se menciona con precisión su nombre-
concentradas en capturar prisioneros para llevarlos a sacrificio,
siguiendo la tradición de las guerras floridas. El cuento
aparenta cierta linealidad y una estructura lógica; sin embargo, cerca
del final, la genialidad de Cortazar se hace presente, en el momento en
que el protagonista, una vez arrastrado hasta la piedra del sacrificio y
a punto de la inmolación, descubre que vive un presente aterrador, y que
el sueño es el otro, donde sueña que es un habitante cualquiera, y anda
por las calles de una ciudad del futuro. El final de la historia está
muy bien construido y es de una fluidez notable: “Alcanzó a cerrar otra
vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba despertarse, que estaba
despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como
todos los sueños: un sueño en el que había andado por extrañas avenidas
de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama
ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas”. |
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El argumento, (no se necesita
ser un iluminado para comprender cuando se trata de la obra de Cortázar)
en apariencia fantástico y cercano a una idea casi mística de la sobre
posición de dos dimensiones alternas, presenta problemas más complejos y
sutiles. Uno de ellos, sin lugar a dudas, es la convergencia de dos
tiempos simultáneos, quiero decir, de dos segmentos de tiempo
simultáneos (dado que el tiempo es una materia constante e ilimitada)
donde el protagonista cree habitar dos espacios diferentes durante ese
curioso periodo que representa una vigilia. Es importante resaltar la
maestría con la que se da cuenta de la realidad del sueño, cómo somos
conducidos a ese espacio delicado donde es prácticamente imposible
distinguir sueño y realidad. “Como sueño era curioso”, nos dice
Cortázar en el cuento, “porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba
olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada
empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie”.
Algunas líneas más adelante, y cerrando con la idea, agrega: “Lo que más
lo torturaba era el olor, como si aún en la absoluta aceptación del
sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta
entonces no había participado del juego. Huele a guerra, pensó.” |
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El segundo problema, propongo, es el de la
otredad: el enfrentamiento del motociclista contra su contrapuesto,
contra su otro yo. Una situación que para cualquiera puede resultar
desconcertante, hallarse de pronto consigo mismo en un tiempo y un
estilo de vida totalmente ajeno, sin dejar la certidumbre de ser el
mismo. ¿Por qué al escritor argentino le pareció tan atractiva la idea
de enfrentar al personaje personal a un desdoblamiento; por qué la idea
de la duplicidad ha resultado tan aterradora a ojos de decenas de
escritores a lo largo de la historia? Es una pregunta compleja que no
concierne al tema, pero que seguramente puede vincularse a la idea
individual y egoísta del ser humano de exclusividad ante todo, tomando
en consideración que el cuerpo, esa armatostre ineludible que tanto ha
intranquilizado a piadosos y a santos, es un instrumento de referencia
espacial ante el mundo, que nos engaña con la vana ilusión de que la
vida se vive desde nuestro argumento personal y sensorial. Es relevante,
sin embargo, el uso que el autor hace de los elementos que tiene al
calce para afirmar la otredad, y no obstante, para hacer notar la
increíble similitud de las dos épocas, tan distintas entre si. De este
modo, se vale de una imagen muy ágil donde compara la figura del
guerrero con la del motociclista, tal vez porque en el motociclista se
cumplen dos características indispensables de un guerrero: la
individualidad y el espíritu de riesgo. Curiosamente, la historia que
nos propone en La noche boca arriba no funcionaria de igual
manera si sustituimos la motocicleta por el automóvil; era necesaria la
justa comparación para hacer trabajar la maquinaria del cuento. Así, el
nombre de la tribu a la cual pertenece el personaje es el de moteca,
una palabra que el autor se saca de la manga, tal vez incluso de una
manera muy elemental, pero de una precisión incuestionable, conjuntando
las silabas de las palabras motocicleta y azteca; el cronopio se
permite, de esta forma, dar vida a una nueva cultura del México
prehispánico -es evidente, que se debe descartar la idea de que el
nombre de la tribu se deba a un desconocimiento absoluto del tema pre-cortesiano
por parte del escritor, y corresponda, en cambio, a un recurso
intencional-. |
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Por último, y cerrando el
análisis sobre el texto citado, me gustaría enfatizar una curiosidad en
el cuento de La noche boca arriba: en un inicio, la tecnología,
en este caso la motocicleta, adquiere la forma de un vehiculo apacible,
un elemento cercano a la humanidad, que ejerce la función de un
entretenimiento y brinda una felicidad casi absoluta. Pero, a raíz del
accidente que le sucede al protagonista, la motocicleta comienza a
adquirir características que conducen a la desconfianza y a la sospecha,
hasta tal punto que, al cerrar la historia, la motocicleta se convierte
en un objeto lejano e inaccesible para el próximo sacrificado, y por
tanto, un elemento que por su dudosa inexistencia despierta la angustia
y el miedo del guerrero moteca. ¿Se debe a una casualidad la
participación de un vehiculo motorizado dentro del cuento? ¿No podría,
el brillante creador de Rayuela, haber ideado una historia
idéntica, donde el personaje principal estuviera desde el inicio soñando
en la cama de un hospital, después de haber resbalado en la bañera, o
bien, alucinara mientras camina sobre una calle transitada de Buenos
Aires? Particularmente, considero que no se debe a un capricho la
aparición de la moto en el cuento citado. Sucede que Julio Cortázar era
un obseso de la modernidad. Gustaba tanto de lo lúdico y alternativo en
la literatura que elaboraba, como disfrutaba de una década de los años
sesenta donde los avances de la ciencia prometían un mundo inusitado. En
diversas historias, anteriores y posteriores a La noche boca arriba,
ya el autor se encarga de poner de manifiesto una sociedad muy
contemporánea y revolucionada, lejos de los cánones clásicos y el estilo
conservador del propio Borges, por ejemplo. Es curioso, por lo tanto,
que aún cuando el argentino pretenda acentuar las ventajas de la
modernidad, se permita establecer una motocicleta, un elemento
fundamental, en el eje de un cuento fantástico con visibles coqueteos
con el horror. Quizás, en el rincón más íntimo del corazón de las
mujeres y hombres del siglo pasado y el que corre actualmente, habite un
animal primitivo que desconfía y reniega de la intromisión de la máquina
en sus roles sociales. El punto es que un aparato sobre ruedas puede aún
despertarnos las fantasías más febriles, como consiguió hacerlo en la
imaginación del autor de 62: modelo para desarmar. |
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Vuelvo aquí a un punto crucial
en la exposición de ideas a la que lamento haber sometido al lector:
Cortázar, en su afán de emparentar la exposición de una Latinoamérica y
una Europa moderna con la literatura de los años que construían nuevas
rutas en el universo de las letras, buscó constantemente la presencia
de elementos motorizados dentro de sus historias; así, en Reunión,
e impulsado por un espíritu revolucionario no exento de remordimiento
social dada la época que se vivía, es imprescindible la presencia del
bote (una especie de Gran Ma), en el que un ejercito reducido de
hombres llegan a una isla para iniciar la Revolución (en evidente y
declarada similitud con el desembarco de las tropas de Castro y Guevara
en Cuba). En su libro Último round, también incluye una ficción,
El viaje, cuya referencia inevitable sería El Guardagujas,
de Juan José Arreola, y la cual ignoro si el escritor argentino tuvo
oportunidad de leer. En El viaje, un matrimonio intenta recordar,
sin mucho éxito, la ciudad a la que se dirige el marido. El cuento
sucede, bajo un ambiente un tanto absurdo y frustrante, casi irreal, en
una estación de trenes, donde aunque ningún tren hace escala en la
estación mientras se desarrolla la escena, la importancia de los
vehículos referidos, casi como una metáfora del lento paso del tiempo,
es imprescindible. En otro de sus cuentos magistrales, La isla al
mediodía, el elemento que conduce la acción es, de nueva cuenta, un
objeto que, bajo el trato de Cortázar, se vuelve casi animado: el avión.
Por si quedaran algunas dudas sobre el atractivo que despertaban en
Cortázar los artilugios y los vehículos modernos, debemos remitirnos, de
nueva cuenta, a su libro Último round, donde el escritor (que
además nos ofrece en este libro destellos de una poesía muy
contemporánea) admite la admiración que algunos objetos cotidianos
despiertan en él: “el siglo veinte” nos dice “aceptó vanidosamente sus
milagros como si le fueran debidos. El disco, la radio, la televisión,
el grabador magnetofònico…”; algunas líneas más adelante declara, a
propósito del disco: “Duele entrar en las tiendas de música, ver a los
clientes manejando esas fabulosas detenciones de tiempo, el espacio y la
vida, tantas veces comprando voces de muertos, violines de muertos,
pianos de muertos…”. |
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En un cuento posterior, La
noche de Saint Tropez, que casi podría ser una crónica ociosa,
Cortázar no se olvida de halagar una motocicleta estacionada cerca de un
muelle; el vehiculo, por lo visto, ha causado una honda impresión en él:
“una Harley Davidson fuera de serie, un minotauro plateado que parece
pesar profundamente sobre el suelo con una fuerza que viene más allá de
sus ruedas y su doble soporte, una máquina para domar el espacio y el
viento, un huso de aluminio terminado en un doble caño de escape y
abriéndose a la velocidad desde un manubrio bajo y pegado a los
flancos…” Es de notar en la cita anterior, la minuciosidad y el erotismo
con el que Julio se permite describir un artefacto inanimado. |
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Después de la breve
enumeración anterior, me interno a la trama de un segundo cuento que se
pretende someter al análisis: La autopista del Sur. Este segundo
cuento, contenido en el libro Reuniòn y otros relatos, y que da
inicio tras una cita de Arrigo Benedetti, resulta más ambiguo y
desconcertante que La noche boca arriba. La razón del
desconcierto deviene de una acertada ausencia de espíritu moralizante y
didáctico en la historia. En La autopista del Sur, los hechos se
desarrollan un domingo, sobre la autopista que conduce desde
Fontainebleau hasta Parìs: un accidente, sobre el que todos se darán a
la tarea de especular, parece ser la causa de un embotellamiento
espantoso que no le permite a los conductores avanzar sino unos escasos
metros a lo largo del día. Cortázar, precursor como siempre, parece
adivinar los problemas terribles que el tránsito ocasionará en los
accesos de las carreteras a las grandes ciudades en un futuro inmediato.
En este punto, nos encontramos ante una disyuntiva: ¿Es la intención del
argentino enfatizar las calamidades del tránsito en la era moderna? A mí
me parece que no. El cronopio utiliza el tránsito sólo como un
pretexto para elaborar una historia donde, a raíz del embotellamiento,
un grupo de personas deciden ordenarse y erigir una nueva sociedad,
donde se jugarán una serie de roles de lo más diverso: desde el jefe del
grupo, hasta un hospital improvisado donde ejercerá un médico de
ocasión, sin olvidar los traficantes en el mercado negro. Hay en el
cuento algunos elementos interesantes en adición: el deceso de una
anciana y el romance de un ingeniero con la chica del auto contiguo, que
desembocará en la concepción de una bebé; algunos roces entre
conductores, y hasta un suicidio. La intención de Cortázar en el cuento
es un tanto ambigua, pero parece irse aclarando a medida que se
desarrollan los eventos. Rodrigo Blanco Calderón opina, con respecto a
La autopista del Sur: “en el tráfico late el impulso sedentario
que dio pie a la cultura y a las civilizaciones”. |
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Es curioso (y muy indicativo)
uno de los recursos de los que dispone el cuento en cuestión: a medida
que transcurre el tiempo, los personajes van adquiriendo un nombre,
mismo que cumpliendo su función natural, se encarga de individualizar a
los hombres y las mujeres que se hayan atrapados en el embotellamiento.
El nombre de los personajes, sin embargo, es asignado en relación al
automóvil que conducen; así nos encontramos con nombres como “Taunus”, “Dauphine”,
“el 404”, la anciana del ID…El automóvil en La autopista del sur,
tal y como sucede en la vida real, parece adueñarse por completo de la
personalidad y la esencia del propietario, un indicativo de la
importancia fulminante que tal medio de transporte ha cobrado en
nuestras vidas. Este proceso de deshumanización, terrible en sí mismo,
se manifiesta de manera paralela en las acciones de los personajes
durante el desarrollo de los eventos, hasta tal punto que, una vez que
se produce el suicidio del conductor del auto Caravelle durante una
noche de embotellamiento, en lugar de darle una sepultura digamos
cristiana, deciden deshacerse del cadáver de una manera distinta: “Dejar
el cadáver al borde de la autopista significaba someter a los que venían
más atrás a una sorpresa por lo menos penosa; llevarlo más lejos, en
pleno campo, podía provocar la violenta repulsa de los lugareños…Taunus
y sus hombres habían metido el cuerpo en el portaequipajes, y el
viajante trabajó con scoth tape y tubos de cola líquida y la luz de la
linterna del soldado”. |
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Cerca del final del cuento,
después de varios días de embotellamiento en el que los involucrados han
logrado establecer verdaderas comunidades, con sus propias reglas y
lineamientos, y de una manera inexplicable, los vehículos comienzan a
avanzar sobre la autopista, primero titubeantes, después un poco más
firmes; hasta desembocar en una loca carrera donde el ingeniero del 404,
quien ha aprendido a cobrarle cariño a esta nueva forma de vida, pero
quien, por encima de todo, se ve involucrado en un tórrido romance con
la chica del Dauphine, se verá sometido a la pérdida de su reciente
novia entre el desbordamiento de los automóviles que intentan avanzar de
manera torpe y apresurada. Cortázar (y aquí sí no me atrevería a
garantizar que esta fuera la idea del latinoamericano en la historia)
parece elaborar una antitesis amor – automóvil. Es el vehiculo maldito
quien, en medio de la febril prisa de los conductores por llegar a
ningún lugar, le arrebata la posibilidad de compartir los días felices
con Dauphine, una mujer joven, y sobre todo –sello personal de Cortázar
en la presencia femenina – una mujer agradable, fuerte y llena de
inteligencia. Por otra parte, no pudiéramos abundar demasiado sobre
esta apreciación personal, pues aunque el automóvil es quien le arrebata
al ingeniero la posibilidad de amar, no podemos olvidar que es el mismo
tránsito, y por ende el automóvil, quien permite el acercamiento de los
enamorados. |
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El eje fundamental de La autopista del
Sur es, a mi parecer, la terrible prisa que se ha adueñado de las
mujeres y los hombres modernos. Todos los conductores (léase ciudadanos)
de hoy día, parecen empecinarse en una carrera desenfrenada por estar
siempre por delante del resto, intentando ganar espacio entre el
conjunto de automóviles que atestan la autopista (la vida). Las líneas
que cierran el cuento son de una gran relevancia para reforzar esta
idea: “…Y en la antena de la radio flotaba locamente la bandera con la
cruz roja, y se corría a ochenta kilómetros por hora hacia las luces que
crecían poco a poco, sin que ya se supiera bien por qué tanto apuro, por
qué esa carrera en la noche entre autos desconocidos donde nadie sabia
nada de los otros, donde todo el mundo miraba fijamente hacia delante,
exclusivamente hacia adelante.” |
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Cortázar parece contaminado por esta ola
de desconfianza y pánico que genera una vida moderna calzada a la medida
del automóvil. Sin embargo, no deja de admirar el trabajo glorioso del
ser humano para construir máquinas tan portentosas. El escritor
argentino no dista mucho de nuestras actitudes ante el fenómeno:
nosotros mismos seguimos acercándonos a la tecnología con una muestra de
terror y fascinación de lo más primitiva, concientes ante la capacidad
de ayuda y destrucción que dichos artefactos involucran. Después de más
de dos mil años de Historia, el ser humano no parece haber abandonado su
postura infantil ante lo novedoso; así como ocurrió con el primer
chispazo para producir fuego, así como ocurrió con el interés metódico
de un Leonardo Da Vinci durante los siglos renacentistas, así sucede
con los últimos vuelos espaciales, con los recientes avances en la
clonación y la genética. Un día, los hombres y las mujeres nos
levantamos, fatigados y absortos, dejamos nuestras casas después de
habernos mirado largo rato al espejo sin mayor novedad que una arruga,
una imperfección en la piel, y al dar la vuelta a la esquina, al
encontrarnos con ese algo nunca antes visto, dejamos escapar un suspiro
o una interjección de asombro. Como niños deslumbrados por un acto de
magia; como ancianos aterrados ante un acecho de sombra, un desliz de la
muerte.
Ulises Paniagua Olivares |
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México, D.F. 2008
BIBLIOGRAFÌA: |
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Julio Cortázar.
Reunión y otros relatos. Seix Barral. |
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Julio Cortàzar. Último round.
Siglo XXI. |
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Julio Cortázar. La noche boca arriba. |
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Rodrigo Blanco Calderón. Tráfico y
Literatura. |
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Louis Stevenson. Obras Completas.
Editorial CREDSA. |
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Steve Hansen. Qué hay en los sueños
(un ensayo sobre la obra “La noche boca arriba”). |
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Eduardo Chirinos. Nueve miradas sin
dueño. |
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Revista de crítica literaria
latinoamericana. Reseña No. 62. |
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