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14.Jul.08

Pterocles Arenarius

desde Guanajuato, Gto.

 
 

In Naturalibus

 

El otro lado

 
     
   
         
     
     
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Cita este 16 de julio, 20 hrs:

 
 

Acto Ceremonial de Cesión de Derechos del

 
 

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PERFORMANCE ¿ARTE LIBRE?

 
 

por

 
 

Manuel Mutis (el Invasor)

 
     
   

 

 

 

 

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  Horrorosísima blasfemia en San Roque 15.Jun.08  
     
     
 

Debate petrolero, Abr.08

 

 
     
 

En el Día de la Mujer

La vida es (más) de las mujeres, Mar.08  

 

 

 

 
   

 

 

 
   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

 

 
 

Armados de telescopios, balanzas, termómetros, relojes, los físicos escrutaron el Universo en todas direcciones, fijaron sus límites, midieron las constantes que son sus piedras angulares; la observación de nebulosas reveló la expansión del Universo, o la paralización del tiempo; se calculó el radio total y la masa encerrada en esta burbuja cósmica; se calculó el número total de partículas.

Y cuando se hubo hecho todo esto, Eddington afirmó que esas búsquedas han sido superfluas; el hombre que con un reflector escrutaba remotas galaxias hacía, en realidad, un examen de su propio espíritu.

Ernesto Sábato (Uno y el Universo)

 
     
   

 

 
  La poesía, como otras disciplinas espirituales, es una de nuestras conexiones con lo inefable, con la divinidad. Cada persona crea –o tendría que crear– su propio modo de comunicarse con Dios, como lo entienda, como lo conciba, incluso como lo invente. “Los buenos tienen un dios bueno, los malos, un dios malo, los estúpidos tienen un dios estúpido”, dice Hans Ruesch en la inolvidable novela El país de las sombras largas, y así es para cualquiera aun cuando se afilie a la religión que mejor le agrade o la que le hayan predeterminado o predicado; así es incluso cuando algunos lleguen a ser parte de una jerarquía eclesiástica de las que en el mundo existen. Así es aun cuando los dirigentes eclesiásticos (fundamentalistas, integristas y hasta liberales) pretendan establecer ortodoxias más o menos rigurosas en sus correspondientes doctrinas.  
 

Dios es una creación personal para cada ser humano, también para los que han sido evangelizados en el más canónico cuerpo dogmático. Comprobarlo es tan sencillo como hablar sobre Dios con las personas comunes y corrientes y, peor aún (¿o mejor?), con las cultas; cada quien tiene su dios a la medida de sus conocimientos, de su información, de sus necesidades, de su sabiduría y hasta de sus desajustes mentales. Hay quien reniega o abomina de la divinidad, lo que es otra forma de fe. Cada persona se comunica con Dios según tales circunstancias, por más que abundan individuos que dejan tal comunicación –como lo exige el catolicismo– en manos de su sacerdote, su pastor.

 
 

En este momento histórico, la tradicional orfandad espiritual de lo que llamamos cultura occidental ha llegado a un callejón sin salida. La históricamente endeble espiritualidad occidental, con la siempre fallida intervención de la iglesia católica: comercializada, con un pozo insondable de corrupción, acosada por sus propios escándalos de pederastia y abusos sexuales contra su feligresía y siempre ineficaz (por su propia voluntad) para que la gente entre en contacto por sí misma con la divinidad –lo que han hecho para no perder la chamba, monopolistas de Dios, para ejercer el poder que acumularon–, ha provocado que la gente busque una manera de acceder a su espiritualidad. Por ello han aparecido religiones exóticas, astrólogos, ejercedores de las más variadas mancias, grupos de meditación trascendental que a veces parece trivial, místicos pseudo-iluminados o hasta iluminados de verdad... practicantes de feng-shui, reiki, quirománticos, cabalistas y/o lectores de tarot, etc. Aunque reconozcamos que en todos los casos hay personas conocedoras, honestos buscadores de la espiritualidad o lo esotérico, también hay muchos charlatanes.

 
 

En el origen de la civilización, filosofía, religión y arte fueron una y la misma sustancia espiritual. Los hombres sabios (los filósofos o amantes del conocimiento) eran quienes habían logrado la mejor aproximación a lo divino y además requirieron la manera de comunicarlo a su comunidad a través de diversas habilidades largamente cultivadas, que fueron los orígenes de las artes, las religiones y el poder político. Las artes siempre han sido manifestaciones de la divinidad a través de los hombres. Las creaciones de arte son los momentos en que los humanos se subliman. Asimismo, la obra de arte surge en el transcurso del éxtasis.

 
 

Los iluminados, en cualquier ámbito en que se desarrollen, son y han sido los inadaptados y con frecuencia proscritos; lo postuló John Stuart Mill (un liberal del XIX): “Para las sociedades son imprescindibles los excéntricos, los locos, los incomprendidos, pues éstos suelen ser geniales y con su influencia modifican la pervertida tendencia de las masas hacia el marasmo que resulta de la mediocridad del estándar”, o algo así. En otras palabras, más o menos, hay quien por su propia cuenta y riesgo o fortuna, logra la conexión directa con lo sublime. No de otra manera deben ser llamados la verdadera obra de arte, el verdadero poder, el misticismo. Pero las mayorías jamás lo logran, de ahí que el arte sea asunto de élites. Y esos que lo logran, los excéntricos, terminan por salvar a las sociedades. Lo dice Thomas Mann en su histórica novela Doktor Faustus: “Sobre tus hombros cargarás con las culpas y los vicios de todos y se los devolverás transfigurados en obra de arte, para salvarlos” (la cita no es textual).

 
 

Cuando se accede al vislumbre de lo divino (es decir, se es un excéntrico desquiciado y a la vez [o por eso] se ha inventado una idea muy coherente y totalizadora de la divinidad o se han gozado y sufrido éxtasis enloquecedores y/o sublimes o todo junto) al principio es lo mismo que estar en la más absoluta oscuridad, al revés, pues en tal caso se da la ceguera por deslumbramiento; el exceso de luz no deja ver, inmoviliza; se tiene que desarrollar una nueva forma de mirar. Y el primer paso es determinar puntos de referencia. En la poesía son las palabras, de ahí el regusto, el refocilamento a través de las palabras que ejercitan los poetas. El místico requiere, por su parte, de símbolos, arquetipos, como los define Jung. Símbolos perennes y universales, simples y contundentes, inconfundibles e incontestables. El gran poeta siempre se confunde, se funde, con el místico. Así, además de ser un experto conocedor de las palabras, desarrolla una aguda intuición, algo equiparable a un gran vicio sublime, un regusto, una satisfacción que regocija el alma para expresar con palabras sus sentimientos, sus emociones, sus percepciones del mundo “real”, pero también las de “El otro lado”.

 
 

El místico encuentra sus puntos de referencia a través de símbolos. Jung sostiene que hay símbolos personales, étnicos, nacionales y universales. Quién duda que debe haberlos incluso regionales. Hay símbolos eternos, que serán propios de la humanidad por ser tal, por ser vivo, por ser de sexo masculino o femenino. Y todos lo son tanto por contar con la consciencia como por contar con la subconsciencia y la inconsciencia. Los símbolos son reminiscencias del inconsciente más profundo. Los símbolos perennes y universales constituyen lo que Jung llamó el inconsciente colectivo; ese ¿sitio? ¿entidad? ¿estado?, bueno, ese algo en donde cada individuo está conectado con los que existen, más aún con todos los seres vivos y más todavía, con todos los seres (vivos o no), es decir, con el universo. ¿Panteísmo? Tal parece. “He sido un perro, he sido un cuervo, he sido un río y una nube he sido. He sido un ratón y un tronco podrido en medio de un bosque” proclama el poeta anónimo pre-cristiano. Así se manifiesta la superconsciencia, la integración con la divinidad. Cuando ellos dejan (casi) de ser humanos y de pertenecer a este mundo.

 
 

Ambos, místicos y poetas, están trabajando con el inconsciente; ambos, místico y poeta, bucean en las profundidades abisales de sí mismos: la superconsciencia que llega a lo incomunicable, a la certeza de que el camino de su conocimiento es absolutamente personal y es la misión de esta vida y de muchas más, pero los poetas profesan la intención –desesperante y desesperada– por comunicar el tan inefable deslumbramiento. No lo consiguen por supuesto, pero esa pretensión los lleva a dar con la más grande poesía, la que retorna a su origen, cuando el poeta era el brujo, el sacerdote, el guía de hombres y el sabio en uno solo.

 
 

Lo cual confirma el sabio filósofo y matemático inglés Alfred North Whitehead cuando dice que “La ciencia debe aprender de la poesía; cuando un poeta canta las bellezas del cielo y de la tierra no manifiesta las fantasías de su ingenua concepción del mundo, sino los hechos concretos de la experiencia han sido “desnaturalizados por el análisis científico”. En el otro extremo, también afuera de la poesía, pero dentro del conocimiento, de la gnosis, aunque sea un conocimiento “no científico”, la chamana María Sabina nos arranca un estremecimiento cuando dice que Hay un mundo más allá del nuestro, un mundo lejano cercano e invisible. Ahí vive Dios, viven la muerte, los espíritus y los santos; es un mundo donde todo ha sucedido y todo se sabe. Y con ello demuestra que, en efecto, la poesía, el conocimiento, todo, el arte y el saber sobre la divinidad eran un solo cuerpo.

 
 

Todo este rollo de pretensiones desmedidas y medio deshilado, de pronto me pareció imprescindible como justificación para hablar de uno de los muchos modos de encontrar puntos de referencia ante el deslumbramiento enceguecedor archimencionado; esos puntos de referencia los contiene el tarot, un juego de cartas cuya primera noticia como tal aparece en el siglo XVI, aunque se asegura que tiene antecedentes desde, al menos, dos siglos antes. El tarot es un sistema de símbolos fundamentales que, apelando a lo que se dio en llamar las “coincidencias significativas” que definiera Carl Gustav Jung, establece un sistema de equivalencias entre el “mundo real” de la vida cotidiana y el mundo no menos real de los símbolos que están entre nuestras manos adoptando la forma de un mazo de barajas.

 
 

El inconsciente es una escalofriante entidad que nos habita: “Vi la inmensidad del mar y me he asombrado, contemplé la infinitud del cielo y sentí un estremecimiento; pero ninguna de estas inmensidades se compara con la que he descubierto en el fondo de mi alma”, según Víctor Hugo, el autor histórico de Los Miserables. El inconsciente personal, digamos que es lo que algunos llaman el alma; el inconsciente colectivo, al que también podemos referirnos como espíritu, actúan, existen en nuestro interior, de hecho definen nuestra existencia y raramente los consideramos; algunos creen que contándole sus porquerías a un señor enfundado en una sotana lograrán que su alma, su espíritu, sean purificados.

 
 

La comunicación con el alma y el espíritu ocurre cotidianamente, en la noche –cuando perdemos consciencia– a través de los sueños. Por eso los sueños nos parecen irracionales, porque son símbolos, son mensajes de El Espíritu. El inconsciente no entiende las palabras, que son un lenguaje que inventamos, un acuerdo que se modifica con el tiempo; el inconsciente se manifiesta a través de los símbolos arquetípicos y el supremo ideal espiritual es la gran unificación –es decir, la consciencia, la razón, la inteligencia hiperdesarrollada, virtudes únicas de los seres pensantes– con el inconsciente colectivo, donde también somos animales, donde está la intuición, el conocimiento total del espíritu universal del que cada alma forma parte.

 
 

“Dios duerme en los minerales, sueña en los vegetales, se mueve en los animales y piensa en el hombre” dice un antiquísimo proverbio hindú presumiblemente budista que, como muchos otros, tiene asombrosa coincidencia con los descubrimientos de la ciencia moderna, con la teoría del inconsciente colectivo.

 
 

Presumimos de conocer la realidad, pero nuestros sentidos son capaces de percibir sólo una franja: el llamado espectro visible a través de nuestro sentido físico más poderoso, un infinitésimo de la inmensa realidad. Así nuestro consciente es como la franja visible: el inconsciente es el infinito que no podemos percibir, pero que actúa sobre nosotros. Mediante las cartas del tarot se nos emite un diagnóstico, un retrato de un momento de nuestra alma. Interpretar los símbolos del tarot es, en la práctica, lo mismo que interpretar un sueño.

 
 

Finalmente, por medio de las cartas del tarot se establecen conexiones entre los mundos interior y exterior, entre el consciente y el inconsciente, entre el mundo “real” exterior y el espiritual, interior, el cual está separado, “oculto” en donde más difícil es encontrarlo: en el interior de nosotros mismos, y tiene conexión con el universo real (sin comillas), donde la verdad son el infinito y la eternidad –de los que habla María Sabina– y no este tiempo devorador, este lapso vital perenne, este limitado mundo de apariencias, este transcurrir doloroso, esta vida breve y falsa o al menos engañosa.

 
 

Por último, cínico (no sólo en el sentido de Diógenes) que soy, hablaré de mí: alguna vez fui peleador. Alguna otra vago o ave sin rumbo (de alguna manera sigo siéndolo). Cuando no sabía en qué consistía esto de vivir en sociedad –bajo la ley y el orden, acorde con el contrato social– llegué a delinquir (Rosseau me ha perdonado). También fui, durante años, obrero y por ende, comunista. El mundo me ha dado las lecciones esenciales, pero tuve la fortuna inmensa de conocer la literatura; he leído con persistencia y gran desorden, por placer, durante más de un cuarto de siglo a ritmo de 50 libros por año en promedio (en realidad no es mucho). Gracias a ello he vivido varias vidas. No exagero. He leído novelas que me han hecho vibrar tanto como si yo hubiera protagonizado tales episodios. Gracias a la literatura he sido un criminal con Raskolnikov (aunque nunca en esta vida he asesinado seres humanos, hasta el momento), fui un pervertido sexual con el divino marqués, entre otros (en la vida real no aseguro nada); también aprendí cómo ser un santo, un iniciado, con Jorge Luis Borges (no José Luis, no Borgues); y supe de vivir siendo una muchacha con Gustave Flaubert o con Alberto Moravia. Margarite Yourcenar me hizo sufrir a despecho de saber qué es ser un emperador romano y empedernido homosexual y, luego, también un alquimista; Juan Rulfo me ha dado el gozo siendo un muerto y Ernesto Sábato un loco. No haré una lista interminable, pero sí quiero anotar que la literatura, aunque no nos haga vivir realmente lo que narra, lo que nos entrega, sí, en cambio, nos hace sentir lo que otros sintieron con la misma intensidad. Esa es su más grande virtud, ese es el prodigio de que habló Borges: la literatura es una extensión de nuestra imaginación, de nuestros sentimientos y emociones. Es decir, hemos vivido lo que leímos; aunque nuestra racionalidad opine que no, el inconsciente establece lo contrario, que sí lo hemos vivido, porque el inconsciente no vive en este mundo y hasta él han llegado las impresiones emotivas a través de símbolos. En otras palabras, sabemos qué es ser un asesino gracias a Dostoyevski y una muchacha, aunque seas hombre, gracias a Flaubert, etcétera. Eso es magia. Es literatura.

 
 

He vivido una vida en tiempo real y varias en tiempo literario. He conocido una religión por dentro (¡puaf!, la interjección fue una arcada) y pude tener visiones de la divinidad de diversas formas, gracias a la poesía, al estudio, a la práctica de la ascesis y a la ingestión de plantas sagradas, otros dicen al consumo de drogas alucinógenas. He buscado a la divinidad y practico una forma del misticismo. Algo he aprendido de los humanos y más, creo, de las humanas. Más cercanas ellas a lo sagrado que el macho humano.

 
 

¿Hay algo que no sea sagrado?, pregunta Borges. Y nos respondemos que no, si así lo pregunta el ciego iluminado, pero también que si algo hay sagrado es el infinito que nos habita, del que habla Víctor Hugo. El inconsciente que atisbó Freud y que describió Jung. Y el modo o la técnica o la hechicería para entrar en contacto con el inconsciente; eso es el misticismo, la conexión con la divinidad: el Dios que nos habita. El inconsciente colectivo, donde “Todos –lo dijo Heráclito, el Oscuro, hace más de 2 mil 500 años– somos uno y el mismo”. Nos podemos poner en contacto con el inconsciente colectivo de múltiples maneras: “Todos los caminos conducen a Roma”, decían los iniciados en tiempos de esplendor de ese imperio. Uno de esos caminos, y de los más efectivos, es indudablemente el tarot.

 
 

Para leer el tarot, creo, es necesario conjuntar algún conocimiento de los símbolos, capacidad de interpretación o de invención –hermenéutica, dicen los filósofos– y conectarse en lo profundo con el consultante, lo que implica también la actitud de compasión con el que consulta.

 
 

Por todo lo anterior, entre otras cosas, y sin soberbia, me autorizo a leer el tarot, en primer lugar, para mí mismo, para mi autoconocimiento y después para bien de las personas que me lo pidan, por tres razones: 1) he palpado de cerca el alma humana; no pretendo –sería hybris, soberbia demoniaca– que la conozco. 2) tengo la compasión (de co: juntos; pasión: lo que nos pasa –por encima a veces–) para crear empatía con casi cualquier ser humano. 3) he aprendido lo suficiente del tarot en general y de mi tarot en particular, hasta lograr que éste “me hable” y que yo logre interpretarlo.

 
 

Y es que todo artista o el que pretenda serlo debía tener un camino hacia el misticismo, para el autoconocimiento imprescindible en el que crea. Se dice que cada género de artista se funde con su instrumento en el caso de los músicos; con su cuerpo, los bailarines, con su personalidad, los actores; con sus pinceles y sus pinturas, el pintor. El escritor no tiene instrumento, el instrumento de su arte es él mismo. Por eso tiene que conocerlo profundamente, ser su propio instrumento, “sentirse cómo está vibrando con el universo”. A través del tarot, puede ser.

 

 
     
 
 
 
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