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Armados de
telescopios, balanzas, termómetros, relojes, los físicos
escrutaron el Universo en todas direcciones, fijaron sus
límites, midieron las constantes que son sus piedras angulares;
la observación de nebulosas reveló la expansión del Universo, o
la paralización del tiempo; se calculó el radio total y la masa
encerrada en esta burbuja cósmica; se calculó el número total de
partículas.
Y cuando se
hubo hecho todo esto, Eddington afirmó que esas búsquedas han
sido superfluas; el hombre que con un reflector escrutaba
remotas galaxias hacía, en realidad, un examen de su propio
espíritu.
Ernesto Sábato (Uno
y el Universo) |
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La poesía, como
otras disciplinas espirituales, es una de nuestras conexiones
con lo inefable, con la divinidad. Cada persona crea –o tendría
que crear– su propio modo de comunicarse con Dios, como lo
entienda, como lo conciba, incluso como lo invente. “Los buenos
tienen un dios bueno, los malos, un dios malo, los estúpidos
tienen un dios estúpido”, dice Hans Ruesch en la inolvidable
novela El país de las sombras largas, y así es para
cualquiera aun cuando se afilie a la religión que mejor le
agrade o la que le hayan predeterminado o predicado; así es
incluso cuando algunos lleguen a ser parte de una jerarquía
eclesiástica de las que en el mundo existen. Así es aun cuando
los dirigentes eclesiásticos (fundamentalistas, integristas y
hasta liberales) pretendan establecer ortodoxias más o menos
rigurosas en sus correspondientes doctrinas. |
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Dios es una
creación personal para cada ser humano, también para los que han
sido evangelizados en el más canónico cuerpo dogmático.
Comprobarlo es tan sencillo como hablar sobre Dios con las
personas comunes y corrientes y, peor aún (¿o mejor?), con las
cultas; cada quien tiene su dios a la medida de sus
conocimientos, de su información, de sus necesidades, de su
sabiduría y hasta de sus desajustes mentales. Hay quien reniega
o abomina de la divinidad, lo que es otra forma de fe. Cada
persona se comunica con Dios según tales circunstancias, por más
que abundan individuos que dejan tal comunicación –como lo exige
el catolicismo– en manos de su sacerdote, su pastor. |
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En este momento
histórico, la tradicional orfandad espiritual de lo que llamamos
cultura occidental ha llegado a un callejón sin salida.
La históricamente endeble espiritualidad occidental, con la
siempre fallida intervención de la iglesia católica:
comercializada, con un pozo insondable de corrupción, acosada
por sus propios escándalos de pederastia y abusos sexuales
contra su feligresía y siempre ineficaz (por su propia voluntad)
para que la gente entre en contacto por sí misma con la
divinidad –lo que han hecho para no perder la chamba,
monopolistas de Dios, para ejercer el poder que acumularon–, ha
provocado que la gente busque una manera de acceder a su
espiritualidad. Por ello han aparecido religiones exóticas,
astrólogos, ejercedores de las más variadas mancias, grupos de
meditación trascendental que a veces parece trivial, místicos
pseudo-iluminados o hasta iluminados de verdad... practicantes
de feng-shui, reiki, quirománticos, cabalistas y/o lectores de
tarot, etc. Aunque reconozcamos que en todos los casos hay
personas conocedoras, honestos buscadores de la espiritualidad o
lo esotérico, también hay muchos charlatanes. |
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En el origen de la
civilización, filosofía, religión y arte fueron una y la misma
sustancia espiritual. Los hombres sabios (los filósofos o
amantes del conocimiento) eran quienes habían logrado la mejor
aproximación a lo divino y además requirieron la manera de
comunicarlo a su comunidad a través de diversas habilidades
largamente cultivadas, que fueron los orígenes de las artes, las
religiones y el poder político. Las artes siempre han sido
manifestaciones de la divinidad a través de los hombres. Las
creaciones de arte son los momentos en que los humanos se
subliman. Asimismo, la obra de arte surge en el transcurso del
éxtasis. |
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Los iluminados, en
cualquier ámbito en que se desarrollen, son y han sido los
inadaptados y con frecuencia proscritos; lo postuló John Stuart
Mill (un liberal del XIX): “Para las sociedades son
imprescindibles los excéntricos, los locos, los incomprendidos,
pues éstos suelen ser geniales y con su influencia modifican la
pervertida tendencia de las masas hacia el marasmo que resulta
de la mediocridad del estándar”, o algo así. En otras palabras,
más o menos, hay quien por su propia cuenta y riesgo o fortuna,
logra la conexión directa con lo sublime. No de otra manera
deben ser llamados la verdadera obra de arte, el verdadero
poder, el misticismo. Pero las mayorías jamás lo logran, de ahí
que el arte sea asunto de élites. Y esos que lo logran, los
excéntricos, terminan por salvar a las sociedades. Lo dice
Thomas Mann en su histórica novela Doktor Faustus:
“Sobre tus hombros cargarás con las culpas y los vicios de todos
y se los devolverás transfigurados en obra de arte, para
salvarlos” (la cita no es textual). |
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Cuando se accede
al vislumbre de lo divino (es decir, se es un excéntrico
desquiciado y a la vez [o por eso] se ha inventado una idea muy
coherente y totalizadora de la divinidad o se han gozado y
sufrido éxtasis enloquecedores y/o sublimes o todo junto) al
principio es lo mismo que estar en la más absoluta oscuridad, al
revés, pues en tal caso se da la ceguera por deslumbramiento; el
exceso de luz no deja ver, inmoviliza; se tiene que desarrollar
una nueva forma de mirar. Y el primer paso es determinar puntos
de referencia. En la poesía son las palabras, de ahí el regusto,
el refocilamento a través de las palabras que ejercitan
los poetas. El místico requiere, por su parte, de símbolos,
arquetipos, como los define Jung. Símbolos perennes y
universales, simples y contundentes, inconfundibles e
incontestables. El gran poeta siempre se confunde, se funde, con
el místico. Así, además de ser un experto conocedor de las
palabras, desarrolla una aguda intuición, algo equiparable a un
gran vicio sublime, un regusto, una satisfacción que regocija el
alma para expresar con palabras sus sentimientos, sus emociones,
sus percepciones del mundo “real”, pero también las de “El otro
lado”. |
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El místico encuentra
sus puntos de referencia a través de símbolos. Jung sostiene que hay
símbolos personales, étnicos, nacionales y universales. Quién duda
que debe haberlos incluso regionales. Hay símbolos eternos, que
serán propios de la humanidad por ser tal, por ser vivo, por ser de
sexo masculino o femenino. Y todos lo son tanto por contar con la
consciencia como por contar con la subconsciencia y la
inconsciencia. Los símbolos son reminiscencias del inconsciente más
profundo. Los símbolos perennes y universales constituyen lo que
Jung llamó el inconsciente colectivo; ese ¿sitio? ¿entidad?
¿estado?, bueno, ese algo en donde cada individuo está conectado con
los que existen, más aún con todos los seres vivos y más todavía,
con todos los seres (vivos o no), es decir, con el universo.
¿Panteísmo? Tal parece. “He sido un perro, he sido un cuervo, he
sido un río y una nube he sido. He sido un ratón y un tronco podrido
en medio de un bosque” proclama el poeta anónimo pre-cristiano. Así
se manifiesta la superconsciencia, la integración con la
divinidad. Cuando ellos dejan (casi) de ser humanos y de pertenecer
a este mundo. |
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Ambos, místicos y
poetas, están trabajando con el inconsciente; ambos, místico y
poeta, bucean en las profundidades abisales de sí mismos: la
superconsciencia que llega a lo incomunicable, a la certeza
de que el camino de su conocimiento es absolutamente personal y
es la misión de esta vida y de muchas más, pero los poetas
profesan la intención –desesperante y desesperada– por comunicar
el tan inefable deslumbramiento. No lo consiguen por supuesto,
pero esa pretensión los lleva a dar con la más grande poesía, la
que retorna a su origen, cuando el poeta era el brujo, el
sacerdote, el guía de hombres y el sabio en uno solo. |
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Lo cual confirma
el sabio filósofo y matemático inglés Alfred North Whitehead
cuando dice que “La ciencia debe aprender de la poesía; cuando
un poeta canta las bellezas del cielo y de la tierra no
manifiesta las fantasías de su ingenua concepción del mundo,
sino los hechos concretos de la experiencia han sido
“desnaturalizados por el análisis científico”. En el otro
extremo, también afuera de la poesía, pero dentro del
conocimiento, de la gnosis, aunque sea un conocimiento
“no científico”, la chamana María Sabina nos arranca un
estremecimiento cuando dice que Hay un mundo más allá del
nuestro, un mundo lejano cercano e invisible. Ahí vive Dios,
viven la muerte, los espíritus y los santos; es un mundo donde
todo ha sucedido y todo se sabe. Y con ello demuestra que,
en efecto, la poesía, el conocimiento, todo, el arte y el saber
sobre la divinidad eran un solo cuerpo. |
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Todo este rollo de
pretensiones desmedidas y medio deshilado, de pronto me pareció
imprescindible como justificación para hablar de uno de los
muchos modos de encontrar puntos de referencia ante el
deslumbramiento enceguecedor archimencionado; esos
puntos de referencia los contiene el tarot, un juego de cartas
cuya primera noticia como tal aparece en el siglo XVI, aunque se
asegura que tiene antecedentes desde, al menos, dos siglos
antes. El tarot es un sistema de símbolos fundamentales que,
apelando a lo que se dio en llamar las “coincidencias
significativas” que definiera Carl Gustav Jung, establece un
sistema de equivalencias entre el “mundo real” de la vida
cotidiana y el mundo no menos real de los símbolos que están
entre nuestras manos adoptando la forma de un mazo de barajas. |
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El inconsciente es
una escalofriante entidad que nos habita: “Vi la inmensidad del
mar y me he asombrado, contemplé la infinitud del cielo y sentí
un estremecimiento; pero ninguna de estas inmensidades se
compara con la que he descubierto en el fondo de mi alma”, según
Víctor Hugo, el autor histórico de Los Miserables. El
inconsciente personal, digamos que es lo que algunos llaman el
alma; el inconsciente colectivo, al que también podemos
referirnos como espíritu, actúan, existen en nuestro
interior, de hecho definen nuestra existencia y raramente los
consideramos; algunos creen que contándole sus porquerías a un
señor enfundado en una sotana lograrán que su alma, su espíritu,
sean purificados. |
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La comunicación
con el alma y el espíritu ocurre cotidianamente, en la noche
–cuando perdemos consciencia– a través de los sueños. Por eso
los sueños nos parecen irracionales, porque son símbolos, son
mensajes de El Espíritu. El inconsciente no entiende
las palabras, que son un lenguaje que inventamos, un acuerdo que
se modifica con el tiempo; el inconsciente se manifiesta a
través de los símbolos arquetípicos y el supremo ideal
espiritual es la gran unificación –es decir, la consciencia, la
razón, la inteligencia hiperdesarrollada, virtudes
únicas de los seres pensantes– con el inconsciente colectivo,
donde también somos animales, donde está la intuición, el
conocimiento total del espíritu universal del que cada alma
forma parte. |
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“Dios duerme en
los minerales, sueña en los vegetales, se mueve en los animales
y piensa en el hombre” dice un antiquísimo proverbio hindú
presumiblemente budista que, como muchos otros, tiene asombrosa
coincidencia con los descubrimientos de la ciencia moderna, con
la teoría del inconsciente colectivo. |
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Presumimos de
conocer la realidad, pero nuestros sentidos son capaces de
percibir sólo una franja: el llamado espectro visible a través
de nuestro sentido físico más poderoso, un infinitésimo de la
inmensa realidad. Así nuestro consciente es como la franja
visible: el inconsciente es el infinito que no podemos percibir,
pero que actúa sobre nosotros. Mediante las cartas del tarot se
nos emite un diagnóstico, un retrato de un momento de nuestra
alma. Interpretar los símbolos del tarot es, en la práctica, lo
mismo que interpretar un sueño. |
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Finalmente, por medio
de las cartas del tarot se establecen conexiones entre los mundos
interior y exterior, entre el consciente y el inconsciente, entre el
mundo “real” exterior y el espiritual, interior, el cual está
separado, “oculto” en donde más difícil es encontrarlo: en el
interior de nosotros mismos, y tiene conexión con el universo real
(sin comillas), donde la verdad son el infinito y la eternidad –de
los que habla María Sabina– y no este tiempo devorador, este lapso
vital perenne, este limitado mundo de apariencias, este transcurrir
doloroso, esta vida breve y falsa o al menos engañosa. |
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Por último, cínico (no
sólo en el sentido de Diógenes) que soy, hablaré de mí: alguna vez
fui peleador. Alguna otra vago o ave sin rumbo (de alguna manera
sigo siéndolo). Cuando no sabía en qué consistía esto de vivir en
sociedad –bajo la ley y el orden, acorde con el contrato social–
llegué a delinquir (Rosseau me ha perdonado). También fui, durante
años, obrero y por ende, comunista. El mundo me ha dado las
lecciones esenciales, pero tuve la fortuna inmensa de conocer la
literatura; he leído con persistencia y gran desorden, por placer,
durante más de un cuarto de siglo a ritmo de 50 libros por año en
promedio (en realidad no es mucho). Gracias a ello he vivido varias
vidas. No exagero. He leído novelas que me han hecho vibrar tanto
como si yo hubiera protagonizado tales episodios. Gracias a la
literatura he sido un criminal con Raskolnikov (aunque nunca en esta
vida he asesinado seres humanos, hasta el momento), fui un
pervertido sexual con el divino marqués, entre otros (en la vida
real no aseguro nada); también aprendí cómo ser un santo, un
iniciado, con Jorge Luis Borges (no José Luis, no Borgues); y supe
de vivir siendo una muchacha con Gustave Flaubert o con Alberto
Moravia. Margarite Yourcenar me hizo sufrir a despecho de saber qué
es ser un emperador romano y empedernido homosexual y, luego,
también un alquimista; Juan Rulfo me ha dado el gozo siendo un
muerto y Ernesto Sábato un loco. No haré una lista interminable,
pero sí quiero anotar que la literatura, aunque no nos haga vivir
realmente lo que narra, lo que nos entrega, sí, en cambio, nos hace
sentir lo que otros sintieron con la misma intensidad. Esa es su más
grande virtud, ese es el prodigio de que habló Borges: la literatura
es una extensión de nuestra imaginación, de nuestros sentimientos y
emociones. Es decir, hemos vivido lo que leímos; aunque nuestra
racionalidad opine que no, el inconsciente establece lo contrario,
que sí lo hemos vivido, porque el inconsciente no vive en este mundo
y hasta él han llegado las impresiones emotivas a través de
símbolos. En otras palabras, sabemos qué es ser un asesino gracias a
Dostoyevski y una muchacha, aunque seas hombre, gracias a Flaubert,
etcétera. Eso es magia. Es literatura. |
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He vivido una vida
en tiempo real y varias en tiempo literario. He conocido una
religión por dentro (¡puaf!, la interjección fue una arcada) y
pude tener visiones de la divinidad de diversas formas, gracias
a la poesía, al estudio, a la práctica de la ascesis y
a la ingestión de plantas sagradas, otros dicen al consumo de
drogas alucinógenas. He buscado a la divinidad y practico una
forma del misticismo. Algo he aprendido de los humanos y más,
creo, de las humanas. Más cercanas ellas a lo sagrado que el
macho humano. |
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¿Hay algo que no
sea sagrado?, pregunta Borges. Y nos respondemos que no, si así
lo pregunta el ciego iluminado, pero también que si algo hay
sagrado es el infinito que nos habita, del que habla Víctor
Hugo. El inconsciente que atisbó Freud y que describió Jung. Y
el modo o la técnica o la hechicería para entrar en contacto con
el inconsciente; eso es el misticismo, la conexión con la
divinidad: el Dios que nos habita. El inconsciente colectivo,
donde “Todos –lo dijo Heráclito, el Oscuro, hace más de 2 mil
500 años– somos uno y el mismo”. Nos podemos poner en contacto
con el inconsciente colectivo de múltiples maneras: “Todos los
caminos conducen a Roma”, decían los iniciados en tiempos de
esplendor de ese imperio. Uno de esos caminos, y de los más
efectivos, es indudablemente el tarot. |
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Para leer el
tarot, creo, es necesario conjuntar algún conocimiento de los
símbolos, capacidad de interpretación o de invención
–hermenéutica, dicen los filósofos– y conectarse en lo profundo
con el consultante, lo que implica también la actitud de
compasión con el que consulta. |
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Por todo lo
anterior, entre otras cosas, y sin soberbia, me autorizo a leer
el tarot, en primer lugar, para mí mismo, para mi
autoconocimiento y después para bien de las personas que me lo
pidan, por tres razones: 1) he palpado de cerca el alma humana;
no pretendo –sería hybris, soberbia demoniaca– que la
conozco. 2) tengo la compasión (de co: juntos; pasión: lo que
nos pasa –por encima a veces–) para crear empatía con casi
cualquier ser humano. 3) he aprendido lo suficiente del tarot en
general y de mi tarot en particular, hasta lograr que éste “me
hable” y que yo logre interpretarlo. |
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Y es que todo
artista o el que pretenda serlo debía tener un camino hacia el
misticismo, para el autoconocimiento imprescindible en el que
crea. Se dice que cada género de artista se funde con su
instrumento en el caso de los músicos; con su cuerpo, los
bailarines, con su personalidad, los actores; con sus pinceles y
sus pinturas, el pintor. El escritor no tiene instrumento, el
instrumento de su arte es él mismo. Por eso tiene que conocerlo
profundamente, ser su propio instrumento, “sentirse cómo está
vibrando con el universo”. A través del tarot, puede ser.
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