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La definición fue sabia por muchas razones de
toda índole y hubiera resuelto en otra época una polémica de
alto nivel intelectual que duró incluso décadas y que fue la de
la identidad de lo mexicano. Abundaron los ensayos desde
Vasconcelos pasando por Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña,
Samuel Ramos, Santiago Ramíres, Octavio Paz, entre los más
famosos. Lo cierto es que los mexicanos somos una multitudinaria
mezcla que implica las no menos multitudinarias mezclas de las
dos etnias y las dos culturas que se encontraron hace 516 años,
la española y la mesoamericana.
La gran mezcla de mezclas significó en un
plazo relativamente breve en términos históricos, en una
monstruosa catástrofe para los indígenas habitantes originarios
de estas tierras. La historia documenta que la población
indígena de Mesoamérica pasó de unos 30 millones que habitaban
la vasta región así llamada, para finales del siglo XVI se había
reducido hasta 8 millones. Lo cierto es que los indígenas fueron
sometidos a una masiva como feroz limpieza étnica que no estuvo
tan lejos de lograr su exterminio por más que no fuera del todo
consciente. Así como la invasión e imposición de la cultura
católica de España estuvo muy cerca de acabar con todo vestigio
de la no menos rica cultura prehispánica mesoamericana. Los
indígenas de nuestro país fueron exterminados por asesinato
directo, por sobreexplotación en el trabajo –en realidad
esclavo– de las encomiendas, por las enfermedades
infectocontagiosas que eran desconocidas por los aparatos
inmunológicos de los aborígenes y por la violación sexual
sistemática de las indígenas. La soberbia de los conquistadores
y sus actitudes despiadadas contra los vencidos durante siglos
han provocado lo que hoy somos como país. Los vicios de la época
de la colonia no han terminado por erradicarse.
Así, hoy que vivimos desde el 2006 una
polarización política han regresado los calificativos racistas
con pretensiones denigrantes. Los mexicanos fuimos divididos,
por la circunstancia política y los poderes fácticos en la gente
bonita y los nacos. Los güeritos y el plebeyaje.
El poder económico y político llevó al poder
a la derecha contra la voluntad del pueblo de México, una
derecha que se niega a aceptar su nombre. Aunque su llegada al
poder lo hicieron desde el sexenio pasado cuando lograron
despertar la esperanza de que un “populista” (en realidad falso)
que beneficiara supuestamente a las mayorías hubiera llegado al
máximo cargo de decisión política, Vicente Fox pronto nos mostró
sus escasas virtudes: ser atrabancado y dicharachero. Pero en su
momento enseñó el verdadero rostro de la derecha mexicana, probó
que ésta se ha degradado tanto que no pudieron más que llevar a
dirigir a México a un hombre asombrosamente ignorante e
inhabilitado para los “procesos complejos de pensamiento”. Luego
de eso, en alianza con lo peor de la política mexicana y de los
EU, consiguieron el entronizamiento terriblemente dificultoso,
cuestionado y por ello marcado por la ilegitimidad de Felipe
Calderón.
Todo esto nos ha obligado a preguntarnos si
somos ese engendro racista que se pretende representado en el
poder económico y en el político, la gente bonita; o bien somos
la masa más o menos inconsciente y manipulada por la televisión
que permitió el refrendo aunque haya sido por el fragmento, el
0.56 por ciento de una nariz de la derecha en el poder. Hablamos
de esta derecha que lo hizo tan mal en todos los ámbitos durante
el foxato y que lo sigue haciendo no igual sino peor ahora en el
calderonato y entre paréntesis digo aquí públicamente que el
señor Calderón carece –por múltiples razones, tanto derivadas
del 2006, como de los momentos que vivimos– de autoridad moral
para convocarnos a la unidad en torno a su gobierno.
En este momento de la historia en que la
derecha se encuentra en el poder y considerando su origen, bien
vale la pena que reflexionemos sobre el pensamiento de ese grupo
no menos que de la manera en que están encarando los problemas
de México.
Es urgente que recordemos que la derecha a
que me refiero ha proclamado con alguna torpeza y nula lucidez
política que “Este país –se refieren a México– fue creado por la
iglesia católica. Antes de la llegada de la civilización
española esta tierra era habitada por tribus que practicaban la
idolatría, los sacrificios humanos y la antropofagia”. La prueba
del pensamiento que se resume en tal descalificación de
Mesoamérica se encuentra manifestada con prístina inocencia en
la decisión de Vicente Fox durante su mandato para eliminar de
los programas de estudio la historia de México anterior al siglo
XVI. La derecha mexicana es católica y pretende que nuestra
historia empezó precisamente hace 416 años con la llegada del
catolicismo, justificador ideológico de la desaparición y
suplantación de la gran cultura Mesoamericana.
Ciertamente la iglesia católica se ha opuesto
a todo lo rescatable que ha ocurrido en México, desde la
independencia cuando excomulgaron a Hidalgo, a Morelos y a sus
seguidores. La iglesia católica hizo alianza con los invasores
norteamericanos en 1847. Pero los peores anatemas se los
consiguió Benito Juárez incluso hasta la fecha y los
revolucionarios cuyos actos e idearios han trascendido, fueron
en su momento condenados por la iglesia. Pero en el presente, el
debilitamiento de esa institución religiosa, luego de múltiples
escándalos de pederastia, abusos de los jerarcas contra su
propia grey o sus esculapios y una intensa y extensa corrupción
sólo apuntan e indican su decadencia. El catolicismo que fue
impuesto a costa de muerte y sangre mexicana, a pesar de todo,
tiene un trasfondo de humanismo –en la práctica olvidado por la
jerarquía y por casi todos sus creyentes– que igualmente debe
aportar valores de importancia a la real identidad mexicana
progresista y libremente creada, escogida y asimilada.
Todo lo anterior nos lleva una vez más a
preguntarnos por nuestra identidad; a que revisemos nuestro
origen y, como se estableció en la Ley de concordia y
pacificación que legalizaba a los zapatistas, los mexicanos
seamos lo que deseamos ser. Que tomemos lo mejor de cada cultura
que nos formó.
Octavio Paz se atrevió a decir que los
mexicanos –por ser el producto de una violación histórica–
éramos “los hijos de la chingada”, es decir, de la madre
violada. Creo, sin la menor duda, que es nuestra obligación
cancelar identidades tan denigrantes e incluso peyorativas como
la de “Hijos de la chingada” y que, como sabiamente concluyó la
ley indígena, es indígena todo aquel que así lo decida. Lo que
implica que es mestizo o mexicano, todo aquel que así lo decida.
Pero ser mexicano, mestizo tiene que implicar que nos apropiemos
de lo mejor que nos heredaron las culturas que nos forman.
Gabriel García Márquez dijo en una ocasión que “Los españoles
nos quitaron todo (en cuanto a identidad y bienes materiales),
pero nos dejaron todo”, en cuanto a lenguaje. Finalmente el
lenguaje es una manera de apropiarse del mundo, y por cierto, es
mucho más sana que la material. He tenido la fortuna de conocer
a personas cultas y sensibles de origen español que padecen un
sentimiento de culpa histórico por el genocidio que, sin
exagerar, alcanza dimensiones planetarias –desaparecer a más de
20 millones de indígenas en 80 años es una hazaña de exterminio
que habrían envidiado los nazis del siglo XX– que perpetraron
sus antepasados en nuestro país, aunque esos españoles sean
minoría.
Finalmente la mexicana ha sido –aunque ahora
por fortuna está cambiando aceleradamente– una cultura sin
padre, porque el padre de la época colonial y hasta finales del
siglo XIX era el brutal cacique personificado en el arquetipo de
Pedro Páramo, el que practicaba el “derecho de pernada” y en las
familias mexicanas de principios del siglo XX, el papá era un
pequeño tirano, un minúsculo Pedro Páramo que exigía obediencia
y sumisión.
Es indudable que la identidad de los
mexicanos, puesto que es factible de ser diseñada, construida y
asumida, necesariamente debe allegarse las mejores virtudes de
las fuentes que la constituyen. Para ello debe tener en cuenta
que en Mesoamérica se dio –2000 años antes de Cristo– una hazaña
del género humano, la de crear civilización espontáneamente,
como producto de la más avanzada evolución natural de las
comunidades humanas, fenómeno que sólo ocurrió en seis sitios de
este planeta. También de eso –y mucho más que de otras cosas–
somos descendientes. Las civilizaciones de Mesoamérica no fueron
fracasadas ni erróneas, mucho menos permanecieron como tribus
salvajes según pretende el pensamiento católico retrógrada y la
derecha. Todas las civilizaciones humanas han sido, en algún
momento, antropófagas, todas han practicado los sacrificios
humanos; de hecho los católicos continuaban practicándolo hasta
bien entrado el siglo XVII sometiendo a combustión en leña verde
a todos los que no pensaran y creyeran como ellos.
Finalmente los mexicanos somos los hijos de
una descomunal tragedia, los vástagos que sobrevivieron a la
hecatombe. Los herederos tanto de la astronomía maya, como de la
flor y el canto azteca, del Tloque-Nahuaque, el señor del cerca
y el junto; de la excelsa cultura del Quetzalcóatl tolteca de
estas tierras de Tula y Tulancingo, de la ciudad donde los
hombres se transfiguran en Dioses, la legendaria Teotihuacan, no
menos que de la lengua española que acumula vocablos del
antiquísimo griego, lenguaje de los fundadores de la
civilización occidental; del árabe, pueblo depositario de la
cultura clásica mientras ocurría en Europa la etapa del
oscurantismo; de múltiples prodigios del oriente que llegaron a
nuestro país por Acapulco en la nao de China y Cipango y de los
negros que fueron traídos en un acto humanitario para que ellos
fueran los esclavos en vez de los indios, puesto que, como
descubrieron los frailes, los indios sí tenían alma.
Hoy en la víspera del 12 octubre, luego de
516 años del primer arribo español a América –un suspiro en el
devenir de la humanidad y un parpadeo en la evolución
planetaria–, apelamos a lo más rico de nuestras múltiples
herencias para escoger y crear nuestra identidad. Y aclararnos
que si bien somos descendientes de tribus primitivas como todos
los humanos, conviene que recordemos que cuando en Mesoamérica
ya había ciudades, religión, escritura, urbanismo, matemáticas y
astronomía, mil años antes de Cristo, en Europa, la mayoría de
los humanos formaban parte del gran número de tribus nómadas
apenas poco más avanzadas que las civilizaciones de la
prehistoria neolítica. Asimismo no admitamos ser “Hijos de la
chingada” o al menos no debemos asumirnos como tales, puesto que
ninguna culpa nos toca en ello, finalmente los ancestros de este
país, en una de sus vertientes, nos han heredado 40 siglos de
arte y cultura, desde los remotos olmecas de Veracruz y Tabasco
hasta este momento, orgullo del que muy pocas naciones del mundo
pueden jactarse.
A contracorriente del momento oscuro que en
muchos ámbitos transcurre nuestra vida como nación en este
momento, tenemos que estar conscientes de que México ha
resistido la asfixiante vecindad cercanísima con el imperio del
norte de América, el que ha logrado acumular un poder de
destrucción que es el más grande en la historia de la humanidad
y que no ha vacilado en usarlo contra sus enemigos –la humanidad
jamás debe olvidar Hiroshima y Nagasaki–. El país que habitamos
se ha salvado –durante ya casi 200 años– del desmembramiento
gracias en gran medida a las profundas raíces de nuestra cultura
milenaria que sigue vigente en el pueblo con algunas
modificaciones que le ha impuesto el devenir de la historia. En
este momento, mientras en los estratos sociales económicamente
superiores se deja sentir la fuerte influencia del imperio a
través de la publicidad para imponer su cultura desechable y
creada para gusto del lucro de los mercaderes, por abajo, en los
estratos de lo que Guillermo Bonfil Batalla bautizó como el
México profundo, la influencia de nuestra riqueza
cultural aparece en las mismas entrañas del imperio y a la vez
resiste tanto el embate de la rancia y retardataria derecha
autóctona como el avance del imperio depredador dentro de
nuestro país.
Para finalizar reitero que nuestra más grande
riqueza sigue siendo nuestra cultura, pues mientras la
literatura, las artes plásticas, la música, el cine y todas
nuestras auténticas artes son de primer mundo, nuestros
gobiernos, los que administran la riqueza que nos pertenece a
todos han logrado indicadores de tercero o cuarto mundo. Como lo
demuestra el hecho de que el índice de desarrollo personal en
México está por debajo de la mitad de la tabla de los países del
mundo, al nivel de naciones como Ecuador o Túnez, la corrupción
se encuentra a la par de Tanzania o Senegal y la economía ha
descendido del séptimo al duodécimo lugar en el mundo, lo cual
sólo demuestra que la economía de México es muy grande por el
tamaño de país y la gran cantidad de riquezas naturales, pero
tal economía está pésimamente administrada, a pesar de que la
conducen gobernantes que son de los mejor pagados del mundo.
En este momento a pesar del enorme peso
político que se deja sentir en México desde el poderoso imperio
norteamericano sumido en una terrible crisis que nos afectará
gravemente, las manifestaciones de la resistencia en pro de las
libertades, la soberanía nacional y la igualdad entre los
individuos son fuertes y son la evidencia de que México se mueve
en dirección correcta, hacia la evolución y el progreso de la
especie humana y a contracorriente de las fuerzas que se oponen,
por sus intereses históricamente momentáneos o de coyuntura, al
avance de la civilización.
Ahorita, ante el monumento al escritor
latinoamericano, apropiados de algo de lo mejor que, a cambio de
quitarnos todo, nos dejaron los españoles, es decir, totalmente
apropiados de la lengua de Góngora, Quevedo y Cervantes, desde
los tiempos de Juana de Asbaje, dueños del castellano, que hemos
modificado para darle nuestro propio sello, carácter y modismos,
reivindiquemos lo mejor de nuestros múltiples orígenes y
conmemoremos el primer contacto de los españoles con esta
nuestra tierra. Finalmente el karma histórico corresponde
a los españoles. Y los mexicanos si bien ya no somos exactamente
indios, podemos serlo, pues eso es voluntad de cada uno como
hasta la mismísima ley lo estableció; pero tampoco somos
españoles, aunque nuestros nombres y apellidos tengan ese origen
y es que, me parece, nadie desearía ser español y cargar con el
peso de un crimen monstruoso como el que cometieron los antiguos
españoles en México durante el primer siglo de la Colonia.
Aunque los tiempos sean oscuros por el
momento, el sustrato profundo existe y nos conduce a realizar a
futuro los cambios en el mejor sentido para nosotros y nuestros
descendientes. Salud.
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